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Cómo me Enteré de la Muerte de mi Gato

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Cuando tenía 18 años estaba con una amiga de colegio conversando sobre nuestras mascotas en el pasado. Yo le conté de mi querido gatito Martín, que una vez un tipo muy malo fue a botar en la cerca de mi casa. El pobre pequeño estuvo 2 días en la veterinaria recuperándose de los golpes que le habían dado. Luego llegó a casa y aprendí a encariñarme con él; le gustaba recostarse frente a la chimenea. A mi amiga le conté todas sus historias, desde cómo llegó a la casa hasta cómo se fue… o de como yo creía que se fue.

Un día llegué a casa después de un paseo de fin de semana, y encontré a mi mamá sentada y con una sonrisa muy extraña en su rostro. “No vas a creer lo que pasó hoy”, dijo; “Estaba yo sentada aquí leyendo un buen libro cuando sentí que alguien rasguñaba la puerta. Cuando abrí vi a la mamá del Martín. Lo había venido a buscar; se fueron juntos caminando”. Contó toda la historia tratando de sonreír mucho. Pero no me di cuenta de que hubiese algo raro en el relato. Es perfectamente entendible (creo yo) que una niña de 5 años no hubiese comprendido de inmediato que el gato pasó a mejor vida. Pero a medida que avanzaron los años, yo seguía recordando esta historia como si fuera lo más cierto del mundo. ¿Cómo mi cerebro no fue capaz de conectar cables? No lo sé, quizás vengo con un defecto de fábrica o tal vez simplemente creí demasiado en los cuentos de hadas. Pero nada, repito NADA justifica la eterna inocencia de llegar hasta los 18 años creyendo la historia más inverosímil que pudo existir. ¿Cómo un gato puede rasguñar una puerta? ¿Cómo la mamá sabía que el Martín estaba viviendo ahí? ¿Cómo el Martín reconoció a su mamá si cuando lo encontramos era un pequeño gatito de pocos días? Cualquiera de estas preguntas hubiesen servido  para que mi cerebro llegase a la simple conclusión de que la historia no era cierta y que mi gato murió. Pero bueno, el hecho es que pasaron los años y jamás se me ocurrió pensar en que la historia no fuera cierta.

Fue así que me encontré en esa conversación con mi amiga ya saliendo del colegio. “Si, era una gato muy bonito pero un día su mamá lo fue a buscar y…”; entonces levanté la mirada, y vi cómo mi amiga me miraba con cara de confusión; entre tristeza y risa. Entonces lo entendí. La mamá de Martín nunca lo fue a buscar. El gato murió, probablemente de una forma macabra, o sangrienta… Ay Dios. Llegué a casa constipada, directo a preguntarle a mi mamá qué es lo que le había pasado al pobre Martín. Claro que lo primero que hicimos después de que hice la pregunta fue reírnos un poco, tal vez por el honor y la memoria de Martín. Mi mamá no podía creer que después de más de 10 años, a mi jamás se me había ocurrido cuestionar esa historia. Resulta que al final, mi gatito escapó y murió atropellado. Pero como en una muy bonita película llamada “El Gran Pez”, prefiero quedarme con la historia de que su madre se lo llevó al cielo de los gatos. Un lugar que está lleno de chimeneas donde se pueda recostar.

Foto por: Evapro