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Lo que Nos regalan los Perros

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Helena es una perrita café, de raza indefinida, tiene una línea oscura en el pelaje de su lomo, y un rostro amigable. Probablemente es el tipo de perro que has visto miles de veces al caminar por las calles, y jamás te has detenido a acariciar. La recogí de la calle el año 2009; y es una de las pocas cosas en mi vida de las que no me arrepiento.

Resulta que un día Helena estaba durmiendo de lo mejor en medio del suelo, mientras yo veía un entretenido partido de fútbol, cuando entre respiraciones profundas y ronquidos (si, mi perrita ronca), a la Helena se le escapó un gas; un peo, un ruidosísimo peo. Imagínense lo tremendo que fue, que ella misma despertó espantada de su sueño y se puso a correr en círculos temiendo que alguien la persiguiera. La verdad es que el hedor a gas sí la perseguía, y sin importar cuánto tratase de correr en mi minúsculo departamento, no iba a lograr huir de él.

La escena me produjo tanta risa, que al temor de Helena por su monumental gas, se le sumó el shock de mis estrepitosas carcajadas. Se me acercó (probablemente pensando que estaba teniendo un ataque o algo similar), y se recostó sobre mis pies, mientras yo no podía para de reír, lo cual probablemente no era lo mejor que podía hacer ya que se me estaba agotando todo el oxígeno disponible en la casa y quizás hasta muriera intoxicada por el gas de Helena. Incluso me imaginé los titulares “Joven muere intoxicada con peo mortal de perrita quiltro”.

A pesar de todos los esfuerzos de concentración que le puse a la tarea de dejar de reír (mientras Helena seguía con sus ojos fijos en mí, tratando de entender lo que ocurría), mis carcajadas no se detuvieron hasta varios minutos después. Recién entonces tuve las fuerzas suficientes para levantar a la Helena del suelo, y darle un gran abrazo.

Se dice que cuando somos niños reímos en promedio 300 veces al día. Cuando ya crecemos, ese número va disminuyendo, y si tenemos mucha suerte, logramos reír 80 veces al día en promedio. En cuanto a mí, de un tiempo a esta parte soy afortunada si me río una vez al día.  Quizás el estrés y el afán me han robado mis carcajadas, pero mi Helena, mi querida quiltra, recogida de la calle, de edad indefinida, es mi fuente inagotable de felicidad, sé que sin importar cuánto tiempo pase, ella me regalará todas las risas que me faltan para cumplir una cuota saludable. Es el mejor regalo que nos pueden dar los perros.

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